Un pez salta intempestivamente fuera del agua muy cerca de la orilla, rompiendo la quieta superficie del agua.

A la distancia, una canoa se desliza velozmente partiendo las olas, que lanzan destellos dorados. Su silueta se recorta contra el brillante fondo del lago, teñido de violeta por el atardecer. Hace un rato que las urracas pasaron, como una negra nube parlanchina, hacia sus refugios nocturnos en las arboledas de las orillas.

Cuentan los ancianos del pueblo que antes llegaban muchos patos migratorios, formando parvadas que ocupaban buena parte del lago, pero los ahuyentaron los cazadores, que constantemente los asediaban a balazos. Ahora es muy difícil verlos llegar por aquí.

El remero apresura el paso para llegar a tierra antes de que oscurezca. Aunque hay un pequeño faro en el embarcadero central que sirve de guía a los pescadores en la noche, la mayoría prefiere llegar temprano a casa, “no vaya a ser que por ahí ande rondando la sirena”.

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